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domingo, 25 de mayo de 2014

Prólogo


Prologo

La luz salía del fondo de las montañas como cada mañana en la ciudad de Rother, dando paso a un sol resplandeciente iluminando los primeros minutos de vida a la ciudad, dejando a la vista los cantos de unos gallos en las granjas de las afueras, mientras dentro se oía el primer murmullo de la gente paseando hacia su trabajo, el panadero comenzaba a elaborar su pan de cada día dejando un olor agradable en el ambiente. Los cazadores cogían sus arcos y sus lobos para ir de caza a buscar oro que alimente a su familia. Los guardias de la ciudad despertaban de su noche larga apostados en los muros de la ciudad mientras son sustituidos por los del turno de mañana. Los niños comenzaban a salir a la calle en dirección a la escuela con el sonido de sus campanas. Los pájaros despertaban en los arboles con unos canticos hermosos que solo apreciaban los que adoraban la naturaleza. Las mujeres salían al mercado a comprar lo necesario para sus familias y algún que otro capricho para sus pequeños mientras cuchicheaban sobre las noticias del vecindario. Todo ello ocurría a primeras horas de la luz mientras el Gobernador de la ciudad miraba todo tranquilamente por la ventana de su agradable palacio, apreciando la buena obra que había construido después de años de guerras sin cesar. Al fin la ciudad respiraba tranquila y el Gobernador podía descansar, disfrutar de su hija y, si acaso, salir de noche con sus queridos aliados a tomar algo.
- Gobernador, su hija está lista para ir al colegio. – Dijo el noble paje entrando en la gran sala.
- Vale, ahora la acompaño.
El Gobernador dejó de mirar por la ventana para salir de su gran sala y comenzar el paseo matutino por la ciudad hasta la escuela de su hija.
Cuando llegó a la entrada vio a una joven muchacha esperándole con una sonrisa de oreja a oreja. Era joven, alta, pelinegra y con unos ojos de color esmeralda. Tenía una piel pálida que la hacía parecer delicada y unos labios tan rojos como la sangre. Era la belleza de la ciudad, un ángel caído del cielo como muchos decían.
Esmeralda, con 16 años de edad, iba a la escuela superior de la ciudad. Era una joven con un carácter fuerte y orgullosa como su padre, pero a la vez era bondadosa y enamoradiza como su madre. Su belleza era recogida por su madre, como muchos decían, muerta por la fatal pasada guerra que destruyo a más de una familia en la ciudad.
El gobernador, como cada mañana bajo las escaleras dispuesto a abrazar a la joven, quién aceptó el abrazo con mucho gusto.
- Tan Bella como siempre.
- Padre, alguna mañana va a conseguir que me sonroje de verdad- Contestó la joven Esmeralda dándole un beso en la mejilla a su padre e introduciendo el brazo por el hueco que su padre ofrecía para ayudarla a subir a la carroza que les conduciría hasta la escuela.
Cuando al fin subió  el gobernador, la puertecita se cerró gracias a un guardia y comenzaron el camino hacia la escuela, sentados uno enfrente del otro. La joven miraba por la ventanita como la actividad de la ciudad aumentaba al paso de las horas. Su padre contemplaba la belleza de la joven, nostálgico y con la mente en otro lado.
Esmeralda se dio cuenta y supo que era el momento de proponerle algo que quería hacer hace mucho.
- Padre ¿Le importa que cortemos el camino hoy y vaya yo a pie a la escuela el resto del camino? Me gustaría conocer la ciudad sin guardias a mi lado, pasar desapercibida por un día y ver cómo se comportan conmigo sin que tenga protección.
Su padre la miró durante un segundo incrédulo.
- Esmeralda cariño, sabes que eso me es imposible, aunque no lo parezca tengo enemigos allí fuera y muy fuertes y si te ven por allí desprotegida no van a desperdiciar el momento para atacar lo que más me puede doler y lo sabes.
- Padre, esos años ya pasaron, ahora esto es una ciudad pacífica no me pasara nada, se lo prometo, por favor padre, quiero darles a los niños estos panecillos también.- le suplicó Esmeralda enseñando a su lado una cesta llena de panecillos de la cocina. El gobernador la miro firme pero al ver la cara de súplica de su hija se guardó el orgullo por una vez y le dio un beso en la frente, luego hizo un gesto para que pararan el carro y la joven Esmeralda sonrió de nuevo de oreja a oreja, abrió la puertecita le dio un beso de agradecimiento a su padre y bajó ilusionada para comenzar su camino hacia la escuela superior, sola.
Su padre la miró como avanzaba emocionada y llamó a uno de sus guardias.
- Seguidla, sin que se dé cuenta, ella podrá decir lo que quiera pero soy el Gobernador y su padre y no está a salvo en las calles.
- Sí señor.
El guardia salió detrás de la joven cogiendo unos trapos por el camino para poder disimular su uniforme. Mientras el Gobernador decidió volver a su Gran Casa y comenzar con los papeleos del día.
Esmeralda se tapó los cabellos con la capucha de su capa de color blanco y se introdujo en unos callejones donde poco después se introduciría el guardia. Esmeralda no era tonta y sabía perfectamente que su padre había enviado algún guardia a vigilarla, su principal objetivo era esquivar a dicho guardia y después dirigirse al lugar que no podía ir con su padre.
Quince minutos y varios callejones después Esmeralda había conseguido esquivar al guardia de su padre y con ello pudo dirigirse a su lugar de encuentro. A medio camino tiró los panecillos en el estiércol de caballo, no tenía ninguna intención de dárselo a los estúpidos críos. Entró en uno de los callejones, más adelante, totalmente escondidos. Al final de él había una puerta ocultada con magia.
- ábrete- Dijo en una lengua desconocida. La puerta oculta se abrió y la joven entró en el recinto mientras dicha puerta se cerraba detrás de ella.
- Vaya cariño, si que se ha pegado tu padre a ti desde que se acabó la guerra.- Dijo una voz en las profundidades.
- Cállate, ese vejestorio no sabe ni con quien trata aún piensa que soy su dulce angelito.- Dijo Esmeralda con la voz totalmente cambiada, además de su expresión. Ahora tenía más las afinidades de una joven sádica.- ¿Has llevado mi sustituta a la escuela ya?
- Sí, todo está saliendo justo como planeamos, mañana por la mañana el Gobernador amanecerá muerto y tú serás la nueva Gobernadora, y la gran tirana de la ciudad.
- Justo como lo planeamos.- Dijo Esmeralda sonriendo acercándose a su amado oculto en las sobras. Ambos rieron con ganas mientras ella se quitaba la capa blanca mostrando en su interior el escudo de los enemigos del Gobernador, ambos se fusionaron con las sombras, con el deseo de ver cómo el Gobernador amanecía muerto sin saber si quiera quien lo envenenó.

Eran las once la noche cuando el gobernador entró en su dormitorio esperando a uno de sus más aliados compañeros. Había cosas que hoy no habían cuadrado y no le gustaba nada al gobernador. Primero el guardia pierde la pista a su hija, después su hija tuvo durante todo el día un comportamiento muy extraño, por no decir que sus ojos esmeralda parecía haber perdido entonación. Algo no cuadraba, y ese algo tenía que ver con su hija.
- Gobernador, ¿me ha llamado?- dijo el paje entrando en su dormitorio.
- La joven que dice ser mi hija, no es mi hija. Estoy seguro.
El paje incrédulo tuvo que mirar dos veces a su gobernador.
-Gobernador, no le entiendo.
-Sus ojos, Xela ¡Sus ojos! Son mas apagados, los de Esmeralda son mas vivos, mira la fotografía- Dijo el gobernador a su Paje.
-Señor, habrá tenido un mal día en la escuela, yo la veo igual que siempre.- dijo el paje convencido.
El gobernador lo miró dos veces y tuvo que creerlo, no había otra explicación, el guardia había sido un imbécil al perderla de vista…
- ¿Algo más señor?- preguntó el paje, pero entonces el Gobernador recordó otra cosa que pasó por alto esta mañana.
Su hija dijo que quería simplemente regalar panecillos ella sola sin guardias ni padre por medio, pero el guardia dijo que ella estuvo callejeando para seguramente perderlo de vista y así lo consiguió. Y más tarde el guardia encontró los panecillos tirados, en unas calles mucho más lejas de la escuela, en estiércol…
-No, no puede ser…
-¿Qué no puede ser señor?- Pregunto el Joven Xela.
¿Y si lo sabía? ¿Y si sabía que su padre se enteró del romance con el joven Amil y que ordenó matarlo excusándolo de ser del enemigo? Si fuera así, estaba perdido.
-¿Señor?
- Xela, vas a hacerme un gran favor…- El Gobernador miró hacia la ventana de su dormitorio, sabía que él o ella existía y estaba por algún lado naciendo ahora mismo incluso…- Vas a tener que hacer un seguimiento a todas las casa de la ciudad hasta encontrar la familia de una taberna de la ciudad que cerró hace meses, esa taberna se denominaba el Rincón del puerco. La hija de esa familia, la mayor, una joven de unos 20 años quedó embarazada después de la noche que derroté al enemigo quemando a Amil y su ejército. El bebe fue fruto mío y de su madre esa misma noche, la madre no quiso nada de mí, pero tengo sospechas de que el enemigo no fue derrotado esa noche y por ello necesito que la encuentres, la lleves a las afueras de la ciudad lejos de aquí, en el pueblo más cercano déjalas proporcionales un hogar con ganadero y entrégales una gran suma de monedas par a poder sobrevivir. Necesitamos que ese bebé permanezca seguro hasta sus 18 años.
- Pero señor ¿Por qué? No lo entiendo ¿Por qué ahora?
- Algo me da que mi princesita se a convertido en mi peor pesadilla.-Dijo el Gobernador mirando a un punto fijo en la ciudad, algo le decía que de esa noche no pasaba, y su instinto nunca le fallaba.- Otra cosa, tú te quedarás a vivir con ellos, o como vecino, no podrás volver a la ciudad.
- Pero señor…
-¡HAZLO!-Gritó el Gobernador
Xela salió corriendo del dormitorio y recogió todas sus pertenencias en la casa siguiendo las órdenes del señor, salió de la Gran Casa, donde nunca volvió a poner un pie encima.
Esa noche el Gobernador vio a Xela salir de la Gran Casa en dirección a la ciudad cogió una carta, ordenó que viniera su notario, escribió un nuevo testamento, desheredando a Esmeralda y lo firmó, se lo entregó al Notario que también tuvo orden de esconderse y de no ser vito por nadie, el nunca había estado allí. Por último, el Gobernador se acostó en su cama intentando coger el sueño.

A mitad de la noche oyó la puerta de su dormitorio y la voz de su hija preguntando si estaba despierto. Notó como unas gotas se deslizaron por su boca pasando por la lengua y entrando por su garganta. Quiso recordar los últimos momentos de su mujer y su hija con el juntas… Y felizmente calló en un sueño profundo del que nunca despertó. 

miércoles, 7 de mayo de 2014

Lidia

Lidia
Mi nombre es Marina García, soy la psicóloga de Lidia Fernández. Mi paciente entró por primera vez en mi consulta el día 01-11-2012. Yo me encontraba tranquilamente sentada en mi sillón y Lidia, en ese momento con nueve años, estaba sentada enfrente mía, callada, con la mirada al frente, encogida  (seguramente por el miedo), con un rostro pálido, un rostro que mostraba que no comía apenas. Sus ojos, fijos en una lejanía que ni yo me imaginaba, mostraban una tristeza infinita, una sensación de desdicha hacia su persona. Sabía que me encontraba con una joven que sufría una gran depresión causada, seguramente, por su situación.
En la primera consulta intenté que hablara, pero no tuve éxito alguno. Así pasaron los días, ella sentada mirando a la nada y yo intentando entablar una conversación sin éxito alguno.
Un día cualquiera, volví a abrir la puerta de la consulta, a la misma hora de siempre, esperando a la misma niña, callada, y con pensamientos alejados de esta habitación. Pero lo que vi fue algo muy distinto…
Enfrente mía estaba Lidia con un ojo totalmente morado, llorosa y abrazando un oso de peluche de tamaño mediano. Me recordó a una niña pequeña de unos cinco años, pero sabía que estaba enfrente de una niña de nueve. Miré a su madre y le pregunté qué le había pasado.
- No lo sé, la recogí el lunes de la casa de su padre y ya tenía ese morado - dijo-. Doctora estoy preocupada, sospecho que mi ex marido la puede estar maltratando…
- Tranquila, hablaré con Lidia ahora en la consulta para ver qué ha pasado- le dije poniéndole una mano en su hombro e intentando tranquilizarla, algo que, según observé en su rostro, lo conseguí.
Lidia pasó dentro de mi consulta y se sentó en el sofá como siempre, con mirada lejana, callada, pero ahora, además abrazando a ese osito de peluche…
- Lidia, sé que nunca has querido hablar conmigo, sé que estos días solo has estado callada y mirando a la nada con tu mente muy lejos de aquí. Pero hoy necesito que me cuentes quién te ha hecho esto, necesito que me digas qué ha pasado. Estoy aquí para ayudarte a superar y sacarte de todo esto, pero necesito que tú quieras hacerlo cariño- le dije mientras me arrodillaba delante de ella y le acariciaba la cara de forma afectuosa, ella no me rechazó, al contrario, tragó saliva, seguramente para intentar quitarse el nudo en la garganta, y comenzó a llorar en silencio, abrazando cada vez más fuerte al peluche, ahogando gritos de desesperación y encogiéndose las piernas hasta quedar como un ovillo en el sofá sentada…
Yo me senté a su lado, y comencé a abrazarla intentando calmarla todo lo que pude. Cuando al fin lo conseguí, por primera vez en lo que llevaba de consultas con ella, Lidia comenzó a hablar:
- Estaba sentada abrazando a Teddy cuando se me acercó, me dijo que era una malnacida, que no valía nada, que era un fracaso, que nunca valdría la pena, que no sabía por qué demonios sigo viva, que estaría mejor muerta, que muerta serviría más que viva. Yo le gritaba que se callara, que se callara, pero él seguía y seguía y no paraba.  Le grité que se callara que él no sabía nada de mí, que era un hijo de puta, y entonces me comenzó a pegar. Me pegó un puñetazo, sacó su cinturón y comenzó a darme latigazos con el cinturón. Yo gritaba que quería ver a mi mamá, le gritaba a mamá que viniera pero no venía y después de un rato paró dejándome tirada en el suelo dolorida llorando.- Me contó Lidia entre sollozos.
Yo supuse que se refería a su padre, que era su padre quién le pegaba. Durante toda la consulta estuve intentando animar a Lidia y pareció que al final conseguí algo. Le di mi teléfono y le dije que me llamara cuanto quisiera, a la hora que quisiera y para lo que quisiera, que yo siempre estaría ahí. Le dije a la madre lo que me había contado y le dije que denunciara a su ex marido porque eso era pena de ley. Su madre me dijo que así lo haría y me dio las gracias varias veces antes de marcharse bendiciéndome a Dios.
Durante meses Lidia y yo tuvimos varias consultas, muchas veces venía muy triste y salía muy contenta de mi consulta. Me contó que sus padres estaban en proceso de divorcio y que estaban peleándose por su custodia, que su madre vivía con su otro novio, pero apenas hablaba del novio de su madre, y eso me hizo sospechar.
Después de cuatro meses estaba viendo realmente muy buenas mejoras y su madre también pareció notarlo.
El día 09-04-2013 fue el día en el que su madre me dijo que esta era la última consulta en la que traería a su hija. Yo le dije que no era buena idea, que su hija necesitaba mejorar aún, pero su madre fue rotunda. Lidia entró en mi consulta, de nuevo abrazada a Teddy, moqueando y ligeramente cojeando. Esa imagen de Lidia la recuerdo muy bien, ese día lo recuerdo como si solo hubieran pasado unas horas de la consulta…
Cerré la puerta y miré a una niña llorando en silencio, dirigiéndome una mirada que no sé cómo definir exactamente.
- Lidia, ¿qué ha pasado?
Lidia titubeó algo que no entendí y me acerqué a ella hasta tenerla delante de mí. Le miré el rostro y le volví a preguntar. Después de unos minutos dijo:
- Mamá no me deja ver a papá desde hace cuatro meses. Echo de menos a papá, así que le llamé al móvil y él lo oyó, oyó cómo hablaba con papá, cómo le decía que le echaba de menos- tragó saliva intentando aguantar el llanto-. Cuando colgué el teléfono, él entró con mamá, y los dos me gritaron. Los dos estaban furiosos conmigo. Mamá decía que era una mala hija, que no tendría que hablar con un hombre tan malo, y entonces él se quitó el cinturón y dijo que merecía un castigo. Mamá estuvo de acuerdo y salió de mi cuarto…
Lidia no pudo contener más el llanto. Yo intenté abrazarla, estaba totalmente atónita por lo que me había contado. Comencé a subir la camiseta de Lidia y vi las marcas ensangrentadas del cinturón de su padrastro, ardientes, dibujadas en su espalda…
- Lidia, ¿durante estos cuatro meses, tu mamá o el novio de tu mamá te ha pegado y no me has contado?
Lidia asintió.
Antes de que saliera de la consulta le dije que tenía que parecer lo más alegre posible y que no se preocupara, que la iba a sacar de ahí esa misma noche, que no se preocupara. Yo no tenía ni idea que, durante las consultas con Lidia, su madre escuchaba siempre detrás de la puerta cuando estaba la sala de espera totalmente vacía…
En cuanto Lidia se fue con su madre llamé a la policía y les conté lo que Lidia me había contado. La policía fue hacia el piso de la madre, pero el novio de la madre no estaba. Lidia tampoco. La madre les dijo que no sabía de qué estaban hablando y  que Lidia estaba esa semana con su padre…
La policía me comentó lo que les había dicho, yo les enseñé la hora de mi consulta con Lidia. La policía fue hacia la casa del padre de Lidia…
Cuando los agentes entraron en la casa buscaron a Lidia por todos lados, el padre no estaba en casa. Lidia tampoco…
Lidia no estaba en ningún sitio. Estuvo, en total seis días desaparecida, hasta que, al fin, la policía encontró su cuerpo enterrado en uno de los campos de los parientes del novio de la madre.
La madre, hasta entonces siempre había culpado a su ex marido. Después de eso, la madre y el novio fueron detenidos por asesinato y maltrato.
Yo desde entonces y hasta ahora, señoría, me culpo por su muerte. Sé que podía haberlo averiguado antes. La paciente me dijo varios días después que pilló una vez a la madre escuchando detrás de la puerta. Entonces, tenía que haber reaccionado: no debí dejarla ir con su madre a casa, debería haberla dejado en mi consulta, no debí  haberla devuelto, nunca tenía que haber dejado que volviese en brazos de su madre. No sabe lo que me culpo todos los días de ello, de mi ineptitud, de mi incapacidad para no haberlo visto antes.
Solo he encontrado esta forma para ayudar a honrar la memoria de Lidia. La única manera de que usted, señoría, sepa que la maltrataron y la mataron solo para hacer daño a su padre. Ella solo era un peón para hacer sufrir a su padre, y ni ella ni yo nos dimos cuenta de ello. Cargaré de por vida con esta culpabilidad, pero espero que, al menos, con esto pueda quitarme algo de este sufrimiento de encima.
Muchas gracias por su paciencia, con un cordial saludo,

Dra. Marina García